¿Es nuestra ciudad un espacio pensado
en los niños?
Como experiencia personal, hace años, cada temporada de
vacaciones de verano teníamos como costumbre familiar visitar el planetario ALFA,
los precios eran accesibles, invitaba a los niños a explorar, cuestionarse e
iniciarse en el interés por la cultura, un espacio adecuado para ellos. Con el
paso del tiempo el planetario cerró sus puertas y un espacio más de esparcimiento
familiar decía adiós.
En la búsqueda por
nuevas opciones nos encontramos con espacios sobre estimulantes que acercan al
niño a la tecnología y los videojuegos, pero carentes del toque lúdico y/o un
costo no tan accesible.
¿Cuántos de nuestros alumnos tienen la economía suficiente
para disfrutar de estos lugares? ¿Cuántos de nuestros alumnos han cambiado la
experiencia de jugar libres en los parques por las tabletas y videojuegos?
¿Nuestra ciudad esta realmente diseñada para los niños o esta enfocada desde la
visión de un adulto? A partir de estas preguntas recordé la lectura “La
ciudad de los niños” de Francesco Tonucci.
Tonucci
nos presenta la realidad de muchas ciudades en la actualidad, se han tornado
hostiles, son peligrosas, agresivas, carentes de solidaridad y poco acogedoras.
Hemos abandonado a los niños, les hemos cuartado su libertad para vivir
experiencias propias, ahora viven limitados, temerosos y dependientes.
Es ahí cuando entra nuestro papel como educadoras, siendo
el preescolar el primer contacto que muchos de nuestros alumnos tienen fuera de
casa y un espacio donde conviven libremente lejos del sobre control de sus
padres, viven en libertad, crean sus propias historias, lazos con sus iguales y
sobre todo aprenden a conocerse a sí mismos.
¿Estamos
creando ambientes y experiencias para ellos en nuestras aulas? Tonnuci nos
menciona que el niño vive en el juego la experiencia
de enfrentarse por sí solo a la complejidad del mundo, con todos sus estímulos,
sus novedades, su atractivo, jugar
significa recortar para sí mismo cada vez un trocito de ese mundo, un trocito
que comprenderá a un amigo, a objetos, a reglas, un espacio a ocupar, un tiempo
para administrar, riesgos a correr, es justamente gracias a esta gran complejidad
del juego, que en los primeros años se
realizan los aprendizajes absolutamente más importantes de toda la vida del
hombre.
Desafortunadamente ante los ojos del adulto, que ignora los procesos de desarrollo infantil, el jugar del niño antes, fuera y durante la escuela es "perder tiempo”. El adulto se ha olvidado que el juego libre y espontaneo del niño es una experiencia única para él, es el igual a la vivencia más extraordinaria del adulto, es su momento de ser él mismo, de vivir su autonomía.
Los niños de ahora son privados por las grandes ciudades construidas a partir del ojo adulto, de las experiencias del encuentro con su entorno y su complejidad, se le ha prohibido salir de casa, recorrer las calles solo, interactuar con otros iguales a él, hemos olvidado que conocer su ambiente es una exigencia importante para el crecimiento no sólo social, sino también cognitivo. Explorar su comunidad en un paseo de rutina, para los niños es una necesidad, para nosotros los adultos es una actividad monótona, automatizada y mundana, pero ellos viven sus desplazamientos como una sucesión de momentos presentes, cada uno digno de una pausa, de un asombro, de un contacto.
Es
en este momento donde, como educadoras, buscamos revalorizar y revivir el significado
del preescolar a la primera experiencia del niño con su entorno, sus
posibilidades y limitaciones, si la ciudad les ha robado esa oportunidad de
vivir experiencias libres, entonces nosotros tomemos la responsabilidad de
crearlas.
No nos olvidemos del juego, de la exploración, de la interacción espontanea entre iguales, dejemos, en momentos, a un lado el lápiz y el papel y salgamos a vivir experiencias libres con nuestros alumnos.
¿Estamos
creando ambientes reales de exploración en nuestra aula? ¿Les estamos brindando
la oportunidad de vivir la experiencia pura de la infancia que les ha robado la
ciudad?
“Entonces,
los tiempos se alargan, los bolsillos de los niños se llenan de piedras, de
hojas, de papeles, y la mente se colma de imágenes, de preguntas, de nuevos
descubrimientos. Y todo se da de una vez: lo bello, lo nuevo, el conjunto, los
detalles” (Tonucci, 1997)
-Reflexión por
Maestra Miriam Sosa.
· 👀 Te sugiero leer:
Tonucci,
F. La ciudad de los niños, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1997.
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